El 9 de febrero, día Clásico del Periodista, fuimos invitados por la Alcaldía de Medellín y otros entes, a un  almuerzo en Plaza Mayor.

Hasta ahí todo muy bien. Sin embargo, cuando llegué al pabellón destinado para el evento me sentí como si estuviera en la terminal de transporte en pleno diciembre.

Había gente por todas partes: funcionarios, periodistas, aficionados, y por qué no decirlo, colaos.

La invitación era para 300 periodistas y llegaron 450 personas, fue la cifra que nos dieron miembros de la logística.

Tuvieron que acudir al pasaje bíblico de la multiplicación de los panes. Si el presupuesto era de tres medallones de carne por persona, habría que reducirlo a uno.  Hubo necesidad de comprar gaseosa, torta y postre y embolatar a la gente con una máquina de café que fue la salvación momentánea mientras eran servidos los platos.

Toda esta novela ocurría al tiempo que un grupo musical amenizaba como en las películas del oeste, cuando los vaqueros están peleando, tirando sillas, y el piano sigue sonando.

Afortunadamente los empleados de Plaza Mayor fueron superiores al reto. Lograron sortear el impase, atender a todo el mundo y demostrar que donde come uno pueden comer dos, o tres.

Al finalizar la jornada hacia las 3:00 de la tarde, nos quedamos los colegas Rubén Benjumea, Julio Betancur, Margarita Tobón, Carla Marcela Ramírez y María Victoria Correa, hablando sobre lo ocurrido y concluimos que muy tesos los de Plaza Mayor no dejarse coger con los pantalones abajo.

De otra parte, también reflexionamos que mientras muchos  periodistas estábamos de celebración, otros sufren con los malos salarios, la explotación y la falta de garantías en materia de seguridad  social. Es triste que colegas de avanzada edad no tengan siquiera una pensión y sigan trabajando con muchas dificultades.

Gremios como el Club de la Prensa, CIPA y APA, deberían revisar también estos temas. No todo es fiesta.

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