El contralor Carlos Mario Escobar debería analizar si lo que ocurre con la demolición de las casas para el parque Nuevo Milenio, amerita algún tipo de control o análisis del ente.

Carlos Ballesteros Barón y Jesús Aníbal Echeverri Jiménez.
Por Juan Carlos Hurtado Ochoa

Medellín. A nuestro entender existen cerca de tres clases de concejales: los que no se matan por nada, y les va bien; los que hacen estrictamente lo necesario y pasan de agache; y los de lavar y planchar, esos que no se le arrugan a nada y son imprescindibles.

Aunque la frase suene a canción protesta de Silvio Rodríguez, en la política, como en otras áreas, hay quienes asumen su responsabilidad con facilismo y quienes van más allá.

Así lo pudimos percibir el miércoles 2 diciembre en el sector conocido como la “La Curva de Guayabal”, cerca al Teatro Pablo Tobón Uribe, al bario Boston y la Placita de Flores. Hacia las 10:00 de la mañana varias familias armadas con palos y piedras impidieron que funcionarios del la EDU demolieran sus viviendas.

La orden era clara: “se tienen que ir porque sus casas serán demolidas para la Construcción del Parque Nuevo Milenio”.

Por su puesto la turba no se apabulló y creó un cordón humano para impedir la acción. Y antes de que algún miembro de la EDU y de las autoridades saliera lesionado, aparecieron unos conciliadores muy particulares: los concejales Carlos Ballesteros Barón y Jesús Aníbal Echeverri Jiménez, quienes se han convertido en especialistas para resolver ese tipo de chicharrones.

Estos concejales en vez de estar empacando maletas para irse a Estados Unidos, Chile o Europa, resolvieron untarse de comunidad y ponerse en el lugar de las familias que aseguran que la Administración les quiere comprar sus casas a precios irrisorios.

Una líder le dijo a Gran Ciudad que por su casa le ofrecieron 17 millones de pesos, cuando comercialmente puede sobrepasar los 90 millones.

Lo que pudo convertirse en un gran problema de orden público, logró ser resuelto por los concejales, quienes les pidieron a los funcionarios de la EDU que pararan la acción y esperaran una nueva reunión entre las familias y la Alcaldía para que halla precios más justos por sus viviendas.

Echeverri Jiménez y Ballesteros Barón, son felices asumiendo temas como el de la Iguaná o el que estamos relacionando aquí, mientras que a otros de sus compañeros les gusta el aire acondicionado y hablar de macroproyectos en espacios menos untados de pueblo.

De ahí que algunos todavía no entiendan porqué Echeverri Jiménez pasó de 2 mil votos a 8 mil en la última contienda. Hasta en charla se dice que desde que llegó a vivir a los Colores está conquistando a los simpatizantes del concejal Fabio Humberto Rivera.

Ballesteros Barón, aunque es su primer período en el Concejo, también ha demostrado que tiene a las clases menos favorecidas en su cabeza. Es un abogado laboral que viene de defender a los pensionados y a quienes no han podido lograr esa dignidad. Le gusta enfrentar temas agudos como la inseguridad de Medellín y la situación de Metrosalud. Sus colegas no comulgan mucho con su forma de oposición, pero sin ella no hubiera dinámica en un Concejo que a veces resulta tímido en algunos temas.

Es tan aventado, que demandó a sus propios colegas por aprobar el proyecto vías de la montaña, decisión que los podría llevar a la cárcel.

Hoy quisimos destacar la labor de estos concejales aguerridos, para que veamos otra faceta de quienes llegan a la corporación gracias a unas comunidades que generalmente no tienen voz en los organismos que funcionan en la Alpujarra.

Esperemos que esta maluca novela de las familias de “La Curva de Guayabal” tenga un final feliz, donde además de ser demolidas sus casas, no sean también demolidos sus sueños de tener derechos en una ciudad a veces tan desigual.

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